lunes, 30 de agosto de 2010

TEORÍA DEL HOMBRE BACTERIA©



  No es una especulación. Mucho menos una fantasía. Siquiera una teoría sino una realidad pero, por ahora, la llamaremos teoría a fin de no apesadumbrar a la humanidad más de lo que está. No queremos llevarla al límite de su resistencia y comprensión. Eso sería un fuerte shock para su debilitada psiquis colectiva y muchos no lo resistirían. No es objeto de este Evangelio Sotroc alarmar a la humanidad, menos causarle angustia y tristeza. Pero no podemos, en honor a la verdad, obviar esta realidad, ya que la verdad será el único principio moral que regirá en la Tierra Nueva, la Tierra que está por venir. La Tierra del renacer de la humanidad y que pronto todos podrán disfrutar. Por eso, en honor a la verdad, tenemos y así nos fue dispuesto, revelar la Teoría del Hombre Bacteria.
¿En qué nos diferenciamos de una bacteria?... ¿ En su horrible fealdad o en su tamaño?

El asunto es tan simple que no merece mucha explicación. Está “a la vista” y es comprobable científicamente. Lo único que se resiste y seguirá resistiéndose por milenios a esa comprobación es la aprobación humana, aunque algún día tendrá que hacerlo, asumir esta verdad. Es inevitable. El hombre se resistirá por mucho, pero muchísimo tiempo, pero inexorablemente tendrá que aceptar la realidad. No tan triste, sino muy reveladora, pero que al principio lo acongojará y entristecerá.

Comparados con el Sol, nuestros planetas son apenas pequeñas canicias disperas en el espacio.


  Si se toman apenas un par de minutos para reflexionar, pensar en ello, se darán cuenta rápidamente y en forma clara y contundente que el hombre es una simple bacteria estelar. Todos y cada una de todas las generaciones, venidas o por venir. Para corroborarlo en un abrir y cerrar de ojos solo imaginen y visualicen el simple sistema planetario que aloja, que le da cobijo a la humanidad. Es ínfimo. La Tierra, en comparación con el infinito universo no es nada. Pero volviendo a nuestros “lares”, a nuestro hogar planetario, si cotejamos a Júpiter con la Tierra, nuestro planeta se verá ínfimo. Sería como poner una pelota de golf al lado de un balón de básquet. Hasta allí todo podría estar bien ya que la diferencia de tamaño no es significativamente alarmante. Pero si hacemos esa misma comparación con nuestro propio Sol (diez veces más grande que Júpiter) la diferencia convertiría a la Tierra en una simple moneda de un cuarto de dólar y al Sol en un superbalón playero. La comparación también sería admirable pero aún nada alarmante. Ahora, si hacemos el mismo parangón con nuestra galaxia, el planeta Tierra ya sería más pequeño que un grano de arroz y si el balance de tamaños de unos con otros lo hacemos con cualquiera de las otras galaxias que pululan nuestro universo, la Tierra, nuestro hogar, simplemente desaparecería y sólo podría verse con un superpotente microscopio estelar, tal como si se tratase de un diminuto microbio, quizás algo o mucho menos que este. La semejanza es válida. En ese mismo ritmo de comparaciones, nuestra galaxia, la Vía Láctea, con todos sus miles de millones de sistemas solares aún más grandes que nuestro ínfimo sistema solar, apenas se vería como un pequeño punto en el espacio y si seguimos con los cotejos, también desaparecería del mapa del universo, tal como lo harían casi todas las otras galaxias.

El ser humano, que en su soberbia e irracional prepotencia se cree el Rey del Universo, podría ser apenas una bacteria. Quizás menos, mucho menos.

  En fin, creo que está ampliamente explicado e ilustrado. En resumen, si el tamaño del planeta Tierra en comparación con todos los demás astros, galaxias y masas planetarias del universo no es nada, siquiera un minúsculo grano de arena, los miles de millones de seres humanos que la habitamos no podemos ser más que microscópicas bacterias. Eso sí, bacterias pensantes y racionales que en su ADN poseen un alto coeficiente dirigido hacia la construcción y, lamentablemente, debido a algunas desviaciones cromosómicas, algunas están encaminadas hacia la destrucción. Decirlo de esa forma, creernos simples bacterias, es lo más optimista que se nos puede ocurrir. De repente no somos siquiera eso. ¿No lo creen?



©Diego Fortunato



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